
La siguiente nota fue extraída de diario Los Andes.
Se que es una verdad que se ha dicho mil veces, pero es bueno ver que su mentira no es impune. ¡Disfruten la nota! ;)
Él siempre estuvo obsesionado con Henry Ford. Estudió su biografía, colgó su retrato en su oficina en Microsoft, repetía de memoria las máximas fordianas.
Puso en práctica, desde el vamos, la misma fórmula del Ford T: conseguir bajar el precio de un artículo (sean autos o PC), popularizarlo después, y hacerse rico con los beneficios de la masividad. Ford bebió las mieles del boom de los motores, Gates fue el joven más rico del mundo (¡con 31 años!) gracias al suceso de las personal computers. Se parecen y tienen mucho en común. Fundamentalmente el hecho de que nunca inventaron nada.
Bill Gates está lejos de ser un genio de la informática, como muchos creen. No creó el MS-Dos que lo puso en el mapa de la industria de los chips; sólo lo compró y lo popularizó gracias a un inusual y conveniente contrato con la entonces todopoderosa IBM. Tampoco fue el “autor” de los sistemas basados en ventanitas, íconos y flechas para “arrastrar” con mouse.
Aquello fue una idea de Xerox, que en los 80 copió Apple y que, remozado, la empresa de Gates popularizó bajo el nombre de Windows. Y la verdad es que a mediados de los 90, tampoco vislumbró el poder que iba a tener en los años venideros Internet.
De hecho el de los anteojos soñó con una red independiente, propia de Microsoft, que cayó estrepitosamente desde lo alto de la soberbia (¿recuerdan aquel inútil icono para acceder al Microsoft Networks del Windows 95?).
¿Por qué entonces Bill logró imponer su sistema operativo, convertirse en el empresario más influyente de los Estados Unidos y estar al tope de los rankings de la revista Forbes durante 20 años? Por su ambición. Cooptó, compró o/y destruyó al resto de los competidores.
Y hoy, cuando varios fantasmas acechan a Microsoft (los programas de códigos abiertos, un Apple fortachón con sus iPod e iPhone, linux, la virtualización, Google), decide “retirarse campeón”, ante la sola posibilidad de, por permanecer, verse algún día segundón. Ésa es la gran diferencia entre las dos figuras del país del norte.
Ford no era paranoico, Gates sí. El señor de las ventanitas sabía que en sus últimos días, el del óvalo había perdido la batalla final con General Motors. Gates estuvo durante toda su carrera obsesionado con no repetir la historia.
Hoy, cuando el magnate decide abandonar el sillón presidencial del imperio Microsoft para dedicarse a tareas filantrópicas, uno de los pocos mandatos que deja al directorio de su empresa es sostener esa paranoia rectora. Trabajar todo el tiempo a sabiendas de que un segundo (¿Apple? ¿Google?) puede algún día coparte la parada. O dicho de una manera más simple: mantener siempre la guardia arriba, aun con el rival babeando la lona.
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